Cocarroi de cebolla, la Semana Santa, vivencias y desventuras.

Ya nos hemos recuperado y volvemos con las pilas cargadas de energía. Una revista lleva su trabajo. No es la mejor del mundo, tiene muchos errores pero se hace con cariño y mucha ilusión. Desde el momento de planificar los especiales, los platos, elegir los ingredientes, realizar pruebas con las recetas, modificarlas hasta la perfección, realizarlas, ambientar el escenario y hacer la foto, pasan los tres meses volando que es el tiempo que dejamos entre cada publicación. Llega octubre y ya es navidad en nuestras casas, huele a guirlache y a chocolate. La Semana Santa hace su entrada en pleno mes de febrero y la primavera la recreamos como podemos. Usamos fresas en enero para que puedan aparecer las recetas en el especial de la temporada y nos cuesta encontrar ruibarbo en pleno verano para que nuestro número de otoño luzca como nunca. Sin dejar de lado que no sólo nos cuesta trabajo, también nuestro bolsillo lo sufre.  Por eso somos fieles a los productos de temporada aunque para ello, tengamos que adelantarnos nosotras para que lo tengáis justo a tiempo en el mercado cuando sale el siguiente número.

Otro de nuestros peligros es el momento de la ambientación. No sé cuántos platos o vasos tengo, todos de un padre y una madre distintos. Aún así, es llegar a una tienda de menaje y me los llevaría todos. Los mercadillos y rastros son otra de nuestras perdiciones. Esas cuberterías desgastadas, desparejadas y ensombrecidas pueden aportar nostalgia a nuestras fotos. Mis visitas al Rastro de Madrid algún domingo, los mercadillos navideños de Berlín y Hamburgo o el maravilloso mercado de Portobello Road, Camden y su tienda de maletas antiguas en la que puedes encontrar algún que otro tesoro o Covent Garden y su plata antigua hacen que mis viajes sean aún peor para mi economía. Ni que decir la cara de los revisores de maletas cuando observan que tengo varias cucharas desperdigadas entre la ropa.

Es todo un cúmulo de situaciones, a veces adversas,  pero se agradecen cuando vemos los resultados. Las visitas, los agradecimientos y el incremento de seguidores en las redes sociales. Ojalá tuviérmos más tiempo para dedicarnos a ello pero los conceptos «revista digital gratuita» y «subsistencia» no van de la mano precisamente. Por todo ello, hace especial esta afición, que no trabajo. No nos aporta beneficios salvo éticos y me siento afortunada de ello.

Hoy, no es un lunes cualquiera.  Me he lenvantado con un comentario de una lectora diciendo que había hecho una receta y que le había gustado. Son los grandes placeres de esta dedicación. Esas dosis de energía para volver a estar como cada semana: escribiendo una nueva receta, una nueva historia y una nueva imagen que os sirva de inspiración.

Si aún estáis leyendo esta parrafada de letras, os diré que hoy traemos un plato salado. Puedo intuir vuestras caras de decepción 😉

Llevábamos tanto tiempo publicando dulces que me he propuesto no caer en la tentación por el momento.

El Cocarroi es una masa con forma de media luna que se rellena de verdura.  A pesar de que algunos puedan pensar que su origen es francés por el nombre, nada más lejos de la realidad. Es mallorquín. Prometo no alabar mucho a esta tierra que tanta buena gastronomía tiene pero me permitiréis que lo haga brevemente. Supongo que es por la insularidad, las Islas Baleares tienen una gastronomía muy rica y estamos acostumbrados a ponerla en práctica en casa. De un tiempo a esta parte, la tradición está dejando paso a la innovación por lo que nos damos el lujo de cambiar alguna parte de la receta para dar nuestro toque personal a pesar que los mallorquines somos velamos por la tradición.

El relleno del cocarroi suele ser acelga, cebolleta tierna, pasas y coliflor aunque en este caso he pasado por alto esta parte de la receta y la cebolla se ha convertido en el ingrediente por excelencia. Simple pero sabroso gracias al aliño.

Sin más, os dejo con la receta.

Ingredientes

Para la masa:

1 vaso de aceite

1 vaso de manteca de cerdo derretida

1 vaso de agua o de zumo de naranja

harina la que tome

Para el relleno:

3 cebollas dulces grandes

Sal

Pimienta

Aceite

Pimentón de la vera dulce y picante

Preparación

La noche antes, cortamos en juliana la cebolla y la colocamos en un recipiente. Añadismo sal, pimienta y pimentón dulce y picante al gusto.

Regamos con 4 cucharadas de aceite de oliva virgen. Cubrimos el recipiente con papel film y dejamos reposar en la nevera para que los ingredientes maceren.

Para realizar la masa colocamos en un lebrillo o un bol grande las tazas de manteca derretida, agua o zumo de naranja y aceite. Vamos añadiendo harina y amasando hasta formar una bola que no se pegue a las manos.

La cubrimos con un paño y la dejamos reposar 30 minutos. Encendemos el horno a 170º y forramos con papel vegetal dos bandejas.

Comenzamos a preparar nuestros cocarrois. Cogemos la masa y con un rodillo la amasamos hasta dejarla de 5 mm de espesor. Cortamos la masa con un cortapastas circular  de unos 15 cm de diámetro. Colocamos cada círculo sobre la palma de nuestra mano  la rellenamos con una cucharada de cebolla. Cerramos el círculo como si fuera una empanadilla y retorcemos los bordes para que queden bien sellados.

Horneamos hasta que la masa quede dorada y dejamos enfriar.

Sencillo, con un toque dulzón de la cebolla y el picante ligero del pimentón.

 

Un comentario en “Cocarroi de cebolla, la Semana Santa, vivencias y desventuras.

  1. Los utensilios de cocina al final llegan a ser tan imprescindibles cómo cocinar, para una fotografía bonita o no, y simplemente nos agrada poner la mejor mesa, de todas maneras en el «mundo blogueril gastronómico» todos tenemos muchos, jeje, parecemos coleccionistas.
    De los cocarrois qué decirte? yo creo que es uno de nuestros mejores platos.
    Un beso, guapa

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