No sé dónde tengo la cabeza. Será el tiempo, mi dejadez o las miles de cosas que una lleva en marcha pero se me va el santo al cielo. Hoy me he sentado frente al ordenador esperando ver qué publicaba cuando me han salido unas cuantas recetas que aún no habían visto la luz. Creo que al ver la foto me he vuelto a enamorar de este postre. Lo preparé hace un año y no sé la razón, pero no lo he vuelto a preparar. Suelo no repetir recetas para probar cosas nuevas excepto tres postres que sí están entre los que más preparo: la tarta de queso, la tarta de manzana y crema y la tarta de zanahoria. Más que nada, porque siempre hay alguien en la familia que me la pide pero el resto intento dedicárselo a cosas nuevas. Debo decir que entre que pienso, pongo en práctica el plato y lo subo como receta hay como mínimo 3 intentos hasta dar con la receta perfecta. No soy de las que publican al primer intento. Así que este crumble lo realicé durante 4 semanas seguidas hasta que la receta cumplía con mi exigente paladar. Visto así, después de tanto crumble, en casa ya me avisan diciéndome aquéllo de: ¿Podríamos estar una temporadita sin comer crumble que me he aprendido ya hasta el nombre?
El crumble no es más que fruta horneada con una capa crujiente a base de harina y/o frutos secos. El problema que le veía es el transporte. No siempre es fácil llevar cuencos a otros lugares como una merienda en el campo. Por esta razón pensé que sería conveniente incluir una base que facilitara su transporte y no desperdiciasen los maravillosos jugos de la fruta. La solución era fácil, sólo tuve que recurrir a la pasta brisa que más me gusta para conseguir unificar esos sabores.
Si queréis un consejo, macerad la fruta antes. No hay color entre un crumble con fruta macerada y otro que no lo esté. Es cierto que la fruta pierde ligeramente su tonalidad pero yo prefiero sabor a color.
Tomad nota.
Ingredientes
Para el macerado
1 kg de cerezas
100 ml de mistela, moscatel o brandy
el zumo de un limón
200 gr de azúcar moreno
1 rama de canela
1 cucharadita de esencia de vainilla
Para la tartaleta
250 gr de harina de repostería
100 gr mantequilla en pomada
150 gr azúcar
1 pizca de sal
1 huevo
1 yema
Para la costra
45 gr de harina
40 gr mantequilla
40 gr azúcar moreno
20 gr de granillo de almendra
PreparaciónLa noche antes quitamos el hueso de las cerezas y las colocamos en un recipiente. Le añadimos el zumo de limón, el azúcar, la canela en rama, el licor y la esencia de vainilla y dejamos macerar en la nevera.
A la mañana siguiente, realizamos la base de las tartaletas. Mezclamos la harina, el azúcar, la sal, el huevo y la yema con la matequilla en pomada. Hacemos una bola y alisamos con un rodillo. Si es verano, te conviene enfriar la masa durante una hora en la nevera.
Cubre con la masa unas tartaletas individuales, recorta el sobrante de los bordes. Hornea durante 15 minutos a 180º.
Saca del horno las tartaletas y rellena con las cerezas maceradas escurriendo el líquido que hayan soltado.
Mezcla la harina, con la mantequilla bien fría, el azúcar moreno y el granillo de almendra hasta que te quede una masa harinosa y quebradiza.
Espolvorea con esta mezcla las tartaletas y hornea durante 30 minutos a 180 º o hasta que se estén doradas.
El jugo que ha soltado la fruta durante la maceración lo metemos en un cazo y lo llevamos al fuego hasta que reduzca y nos quede como un sirope que nos servirá para acompañar nuestras tartaletas junto con helado de vainilla o nata.

Hola guapa
Veo que preparándote para tu next trip, aunque no sé bien si el crumble es inglés pero de todas formas es inspirador jeje.
Y aunque con estos días de lluvia mejor no ir al campo a comerse las tartaletas es una gran idea, además de una delicia.
Un besito