Hay aromas que me fascinan. Me gusta el olor a mar, a café, a pan recién hecho cuando está en la rejilla y sigue rugiendo en su interior, a las especias de los mercados de Marruecos que inundan de color cualquier día gris y de entre todas ellas la canela. No son olores que acabe de descubrir, más bien lo contrario. Forman parte de mi vida y quizá sea la razón de que me gusten tanto. Nací en una isla, rodeada de mar. «Sa Roqueta» la llaman y me he acostumbrado al salitre, a verlo embravecido y tenerle respeto o en calma y disfrutando de él. Me gusta el sabor que deja en la piel. Esa sensación de frío al adentrarte en él, de querer escapar, pero una vez dentro, no querer salir hasta que tu piel toda arrugada te pide tregua.
Mis abuelos vivieron la guerra en Tánger. Mi abuela cosía trajes para los militares y mi abuelo hacía su servicio militar allí. Marcharon desde Ronda y vivieron sus días y eternas noches en aquella ciudad, de la que aprendieron algo del idioma y su cocina. La pasión por la hierbabuena en el té y en el caldo, el comino, el clavo, la alcaravea, el ajonjolí, la mejorana, … y entre todas ellas la canela. Un aroma que acompaña a nuestros platos, a ese arroz con leche, a las natillas, a la leche merengada. En rama y en polvo, siempre acompañando, sin destacar lo suficiente, en la sombra pero presente. Así que me faltaba probar un dulce más que contase con esa esencia hasta que una foto me sacó de dudas.
Había comido baklava en dos ocasiones pero nunca pensé en hacerla. Muchas veces perdemos el tiempo pensando cosas que sean novedosas sin caer en que la tradición de otros países también puede serlo. Si bien es cierto que algunas zonas del norte de África realizan este postre, me decanté por su versión Griega porque lleva un elemento del Mediterráneo: el aroma de azahar. Sólo quedaba llevarla a la práctica, probar hasta conseguir amoldar la receta a mi paladar (que cada vez se vuelve más exigente) y disfrutarla en familia. No me llevó muchos intentos. Con dos han sido suficientes para conseguir una baklava capaz de encandilar hasta el más escéptico.
Os dejo la receta de la baklva: dulce tradición griega.
Ingredientes
Pasta filo (la encontraréis en grandes superfícies)
200 gr de azúcar (en mi caso de caña)
300 gr de pistachos pelados sin sal
250 gr de nueces peladas
250 gr de almendras peladas
2 cucharadas de canela molida
1 cucharadita de cardamomo
250 gr de mantequilla
Para el almíbar
5 cucharadas de azúcar (en mi caso de caña)
5 cucharadas de agua de azahar
1 rama de canela
la piel de un limón y de una naranja
250 ml de agua
Preparación
Derretimos la mantequilla.
Molemos los frutos secos. Le añadimos el azúcar, la canela y el cardamomo y reservamos.
Pincelamos con mantequilla fundida una bandeja para horno. Colocamos una hoja de pasta filo y recortamos los bordes. Pincelamos con mantequilla y colocamos otra hoja de pasta. Así hasta cuatro hojas.
Colocamos una capa fina de frutos secos por toda la superfície. Volvemos a poner pasta filo en este caso 2 hojas que habremos pincelado con la mantequilla. Y repetimos el proceso hasta que alcance una altura de unos 4-5 centímetros.
La última capa deberá contener 4 hojas de pasta filo y recordad que cada hoja debe estar pincelada con mantequilla.
La llevamos al frigorífico durante 30 minutos.
Precalentamos el horno a 180º .
Sacamos nuestra baklava que ya habrá endurecido y la cortamos con un cuchillo de hoja afilada. Podemos hacerlo en rombos o en cuadrados de unos cuatro centímetros.
La horneamos durante 30-35 minutos hasta que adquiera un tono dorado.
Mientras tanto realizamos nuestro almíbar.
En un cazo colocamos el agua y el agua de azahar. Cuando comience a hervir añadimos la rama de canela, el azúcar y las cáscaras de limón y naranja sin su parte blanca para que no amargue. Dejamos cocer durante 15 minutos.
Cuando saquemos la baklava del horno le incorporaremos el almíbar y dejaremos que repose unas 4 horas o de un día para otro.
Porque una foto sirve para compartir una receta. Porque sin ella puede que no la hubiera hecho y no estaría compartiéndola con vosotros, no habría buscado información y tipos de este dulce, ni hubiera contado a los míos qué era una baklava, ni habría disfrutado del ratito en que mis comensales intentaban descubrir sus ingredientes ni me hubieran pedido que colgara esta receta cuando compartí mi foto en nuestras redes sociales. Y todo por una foto 😉
