Hay aromas que me fascinan. Me gusta el olor a mar, a café, a pan recién hecho cuando está en la rejilla y sigue rugiendo en su interior, a las especias de los mercados de Marruecos que inundan de color cualquier día gris y de entre todas ellas la canela. No son olores que acabe de descubrir, más bien lo contrario. Forman parte de mi vida y quizá sea la razón de que me gusten tanto. Nací en una isla, rodeada de mar. «Sa Roqueta» la llaman y me he acostumbrado al salitre, a verlo embravecido y tenerle respeto o en calma y disfrutando de él. Me gusta el sabor que deja en la piel. Esa sensación de frío al adentrarte en él, de querer escapar, pero una vez dentro, no querer salir hasta que tu piel toda arrugada te pide tregua.