#DiaMundialdelPan

Hoy es un día digno de escribir una entrada. No se debe pasar por alto uno de los pilares de nuestra alimentación y de carácter mundial. Algo tan simple como harina, agua y sal se convierte en el manjar de todos los panarras como yo, gente que adoramos (en su justa medida que son carbohidratos y no debemos abusar de ellos). Quizá, debido a mi fascinación por el pan y a que debo comer alguna rebanada al día pero no todo el pan de kilo y medio, soy muy exigente. No dejes que te engañen. No todos los panes son buenos ni todo lo que venden se debería llamar pan. Dejémonos de tonterías. Esas barras alargadas con aroma a harina y que al pasar dos horas de su horneado no son más que una masa de chicle. Eso no es pan. No es lo mismo una fabada asturiana de la abuela que una de bote. Es lo mismo que sucede con el pan.

No todas las panaderías hacen pan. Aquellas que tienen un horno, un dispensario tras el mostrador, unas bandejas negrunas y algún hombre enharinado, vestido de blanco y con cara de bonachón: puede que sea una panadería en toda regla. Ahí es cuando una puede entrar y comprar algún pan para comprobar su calidad. El problema llega en el uso de las levaduras. Debido a la cantidad de panes que deben realizar, se suele recurrir al uso de fermentos químicos dejando de lado lo que se denomina «masa madre». Por esta razón dedico parte de mi tiempo a hacer pan. Un pan sin levaduras artificiales, con sus horas de levado (que pueden ser un puñado en verano y un montón en invierno), con harinas de verdad (sin aditivos, conservantes ni transgénicos varios) y con sabor a cereal. No soy una experta panadera, de hecho sigo practicando casi diariamente para conseguir mejorar pero sí soy consumidora y sé lo que me gusta. Sigue leyendo