Hace unos años recorrí Bélgica durante una semana. Cuando preparo un viaje, además de los lugares a visitar, me impregno de la gastronomía del lugar. Es cierto que al hablar de este país lo primero que le viene a uno a la mente es el chocolate pero, lamentablemente, no podía probarlo. De hecho me pasó una cosa curiosa. Llegamos al museo del chocolate y había un maestro chocolatero que hacía demostraciones en inglés y francés. Cuando acababa la visita, te ofrecía un par de bombones que él mismo había preparado en la presentación. Nada más llegar me puse en primera fila para poder ver a la perfección cómo trabajaba. Cuando este hombre me escuchó hablar, vino hacia mí y en un perfecto español (tan perfecto como que era de Valencia) me guiñó el ojo y me dijo que me quedase allí que después de un par más de sesiones la daría en español para nosotros y que mientras tanto haría bombones diferentes. Ante tal amabilidad, ¿cómo decir que no? El problema llegó cuando al final de cada sesión nos seguía dando dos bombones por cabeza y yo sin poderlos catar. No paraba de dárselos a mi marido hasta que cuando ya llevaba unos 8 bombones me dijo:
-¡Tú y tus brillantes ideas! Venir a Bélgica sin poder probar el chocolate. No quiero volver a probar un bombón en todo el viaje.
Y así fue, era el tercer día y no quiso volver a comer más chocolate.
La verdad es que tengo un gran recuerdo de aquél lugar, un museo al nada más entrar y por el maravilloso olor, te entran ganas pegar un lametazo a las paredes. Y del maestro chocolatero valenciano y su espectacular trato.
Como os podéis imaginar el chocolate no es lo único bueno que tiene Bélgica. Los distintos tipos de gofres son otra clave gastronómica pero si quieres adentrarte de lleno en su comida hay que buscar más. Así es como encontré un plato de cuchara a base de pollo y patata con un caldo blanquecino llamado waterzooi. Probé varios y a cuál mejor. Fue amor a primera vista así que me traje la receta. En una pequeña tasca de Gante me lancé a preguntarle al camarero la receta, de tal manera que su madre, la cocinera, salió a explicármela en flamenco mientras él me lo traducía al francés. Desde entonces, forma parte de mi recetario en los meses de invierno.
Ingredientes
para 2 personas
1/2 pollo cortado en trozos grandes
2 zanahorias
2 puerros
2 patatas
1 hoja de apio
Sal
Pimienta
50 ml de aceite de oliva
2 yemas de huevo
150 ml de nata espesa
2 litros de agua
Preparación
Pelamos las zanahorias y las cortamos en bastoncitos. Eliminamos la piel de las patatas y las tronchamos para que suelten su almidón (introducimos el cuchillo y estiramos de la patata para que se termine de cortar por sí sola). Cortamos los puerros en rodajas finas.
Salpimentamos el pollo. Lo colocamos en una olla y lo sofreímos con el aceite de oliva para sellarlo ligeramente. Añadimos las zanahorias, el apio y los puerros. Cubrimos con agua. Debemos asegurarnos que todos los ingredientes han quedado cubiertos por el líquido.
Dejamos cocer durante 15 minutos. Añadimos las patatas y continuamos cociendo hasta que estén tiernas.
Sacamos el pollo y la verdura y dejamos reducir el caldo hasta la mitad.
Por otro lado, mezclamos la nata con las dos yemas. Cuando tengamos la mezcla preparada, le añadimos un cazo de caldo caliente poco a poco para que adquiera temperatura y no se cuajen las yemas. Llega el momento de volcar la nata y las yemas sobre el caldo que teníamos. Dejamos que se cocine removiendo constantemente y cuando esté a punto de romper a hervir retiramos del fuego.
Añadimos las verduras y el pollo y servimos.
Su traducción literal es «no acuoso» así que hay que hacer honor a ella y servirlo sin exceso de caldo.
¡Disfrutad!

De verdad no podíais probar el chocolate? uf! es como cuando «algunos» dicen eso de ir a Roma y no ver al Papa [risas]. Que nos traigas un plato desconocido, para mi, y con ésta receta ya estoy super feliz, me encantan las recetas con historia.
Un beso guapa